La desesperación o la profunda alegría pueden llenarnos en un instante justo cuando algo sucede, sin comprender lo que esto puede traer.
Hay una fábula japonesa que es simple y concisa al explicar la vida: se llama El caballo perdido. "Érase una vez un anciano campesino que vivía con su hijo, quienes tenían un caballo hermoso con el que hacían labores de campo. Un día el caballo escapó, todos exclamaron: "¡Qué mala suerte!" Mas el anciano no pronunció palabra. A los pocos días, el caballo volvió con dos caballos salvajes. Todos exclamaron: "¡Qué buena suerte!" El anciano no se inmutó. Poco después, su hijo montó uno de los caballos, y unas horas después, cayó y se rompió la pierna. Todos dijeron: "¡Qué mala suerte no podrá caminar!" A lo que el anciano respondió: "Mala suerte, buena suerte, ¿Quién sabe? Fue un accidente." Algún tiempo después, un grupo de soldados llegó al pueblo reclutando jóvenes para la guerra, cuando llegaron a la casa del anciano y vieron a su hijo, preguntaron: "¿Qué te pasa?" "Me he caído de un caballo, no puedo caminar", respondió el joven. A lo que los soldados reaccionaron retirándose con los demás jóvenes del pueblo."
¿Buena, mala suerte? No hay ninguna de las dos, y la vida, día a día se encarga de enseñarnos cómo esto se ajusta poco a poco y que cada situación es un factor clave para moldear el camino que construyes diariamente. Y esta historia es un recordatorio de cómo la vida, muchas veces, ajusta las cosas de una manera no muy deseable para nosotros, mas es esta la manera necesaria para llevarnos al siguiente paso. ¿Perdiste tu pareja? Quizá necesitas luz sobre tu propio descubrimiento. ¿Te lesionaste? Quizá fue tiempo de darle voz al cuerpo para volver más fuerte. ¿Te has quedado completamente solo y con planes deshechos? Cada vacío que adquieres es un espacio para redefinir y reconstruir aquello que quieres.
En tiempos de invierno, cada gota de lluvia de la que vociferas, hará crecer tu jardín.